Roma

             

 "Recuerda, piensa, que los imperios se elevan y caen como las mareas y nada es para siempre ..."

 En el espacio de tres siglos el modesto pueblo romano, situado en el centro de Italia, acabó conquistando toda esa península. Los orígenes de Roma se encuentran envueltos por la leyenda. Según la tradición latina, el héroe troyano Eneas llegó a las costas del Lacio, donde su hijo fundó más tarde la ciudad de Alba. Uno de sus sucesores, el rey Amulio, había alcanzado el poder después de destronar a su hermano. Para impedir que su sobrina Rea Silvia tuviera descendencia, la obligó a hacerse vestal. Pero ella concibió del dios Marte dos hijos gemelos, Rómulo y Remo, que lograron sobrevivir, tras haber sido alimentados por una loba. En el año 753a.C. Rómulo fundó Roma, trazando el perímetro de la ciudad con un arado tirado por un buey y una vaca de color blanco. Esta pequeña ciudad a la orilla del Tíber, floreció y se desarrolló haciéndose cada vez más fuerte a medida que conquistaba más territorios. Ya en la República, alrededor del 270a.C. Roma dominaba toda la península Itálica y seguía su expansión. Este imperio que a partir del I a.C. Sería gobernado por emperadores, creció y absorbió territorios que hoy comprenden a más de 40 países.

 Es Jano uno de los dioses de Roma, a quien se representa con dos rostros opuestos. Su leyenda está vinculada a los orígenes de Roma. Reinó en el Lacio después de muchos avatares. Acogió a Saturno, expulsado de Grecia por su hijo Júpiter, y de entonces data su instalación en el Janiculo. Se le atribuía la invención de las naves y de la moneda. A su muerte fue divinizado, y en torno a él se forjaron numerosas leyendas, una de las cuales cuenta que, para salvar el Capitolio invadido por los sabinos, hizo brotar ante ellos una fuente de agua hirviente que los puso en fuga. Para conmemorar este hecho se decidió dejar siempre abierta, en tiempos de guerra, la puerta del templo de Jano en el Foro, para que el dios pudiese acudir en auxilio de los romanos. Su figura de doble rostro aparece en las más antiguas monedas romanas. Además de su templo en el Foro, Jano tenía numerosos santuarios, situados generalmente en las encrucijadas, y le estaban consagrados el primer mes del año y el primer día de cada mes.

 Octavio Augusto nace un 24 de septiembre del año 63 a.C., en el seno de una familia burguesa procedente de Veletri, en el Lazio. Su padre Cayo Octavio, ya había sido durante un tiempo gobernador de Macedonia. La carrera política de Augusto estuvo determinada por el matrimonio con Atia, una sobrina de César, matrimonio posiblemente de conveniencia como era habitual entre la élite romana. El reinado de Augusto fue una etapa decisiva en la historia de Roma. la habilidad intrigante de la política del emperador, y su visión del futuro permitieron modificar insensiblemente, pero sin retroceso posible, las viejas instituciones de la república romana. Con Augusto se definieron las reglas de la iconografía imperial. Las estatuas del emperador, que se consideraba que representaban su persona, y las cuales no se podían faltar, ni involuntariamente al respeto, sin que cayera sobre el infractor el peso de la ley, correspondían a las diferentes funciones del soberano. Las estatuas con toga le representaban en tanto que magistrado o, si tenían la cabeza cubierta con un velo o corona, en tanto que sacerdote, las estatuas con coraza representaban el imperator, jefe de los ejércitos. Las estatuas desnudas o con más frecuencia semidesnudas, representaban el elemento sobrenatural de la persona Augusto imperial. Este "orden moral" explica la celebración universal de las cuatro virtudes cardenales del emperador: el valor, la clemencia, la justicia y la piedad, garantes del "siglo de Augusto".

 Floro Epítome, escribió... "En Occidente casi toda Hispania estaba pacificada, excepto la que baña el océano Citerior y toca a las montañas de la extremidad del Pirineo. Aquí se agitaban dos pueblos muy fuertes aún no sometidos, los cántabros y los astures."

 Octavio Augusto quería abrir el templo de Jano. Era la máxima expresión de un Cesar pacificador. Dos siglos de conquista en Iberia no fueron suficientes para doblegar a unos pocos, tan celosos con sus tierras que ni entre ellos se ponían de acuerdo por simples derechos de pasto, de pesca o de paso. Cada gentilidad se arracimaba en sus castros cuando las disputas llegaban a mayores. Tuvieron que venir los mercaderes de la sangre y el hierro. Las tropas de una gran potencia que lograba equilibrar su balanza comercial exportando la guerra, y tras la guerra, el derecho, y tras el derecho, las nuevas necesidades que mejoran la vida y atan a los individuos al carro del progreso. Si Asturias aún hoy es difícil en sus comunicaciones, ¡cómo sería entonces!. Maraña de valles y fragosidades, apretón de coronas de caliza estrujadas en afanes megalíticos como barrera defensiva por el Sur y, al Norte, el horizonte del Cantábrico. La riqueza de los minerales de la región, tradicionalmente explotada por los habitantes de estas tierras, mucho antes de que el Imperio se decidiera a la conquista de Iberia, tenía que empujar a los latinos hacia esta escondida y casi impenetrable tierra. Octavio Augusto, tras infructuosos intentos y pasados diecinueve años de luchas, en persona hubo de venir a liquidar esta obsesionante conquista. Así lo cuenta Orosio: "El año 726 de la fundación de Roma, siendo el emperador Augusto Cesar cónsul por sexta vez, y M. Agripa la segunda, teniendo aquél en poco lo que se había llevado a cabo en Hispania durante doscientos años si permitiera que los cántabros y astures, dos pueblos muy poderosos de Hispania siguieran rigiéndose por sus leyes, abrió las puertas del templo de Jano y en persona se encaminó a las Hispanias con el ejército.".

 Como casi siempre el territorio astur fue el último en ser conquistado y les hizo, para bien y para mal, ser la zona menos influenciada por las sucesivas oleadas de pueblos extranjeros. Escasos restos romanos se han encontrado en Asturias, sobre todo comparados con la abundancia de ellos recogidos en el resto peninsular, la escasa influencia romana que tuvo esta región, cuyo único atractivo para los colonos era la gran cantidad de minerales que poseía, empleando a sus habitantes, tomados como esclavos, en extraer la riqueza de sus profundidades en situaciones verdaderamente penosas. Las explotaciones mineras por lo general situadas en las áreas más difícilmente comunicadas, habrían de ser las que estuvieran en pie de guerra constantemente. Escaso valor de la vida en esta especie de campamentos de esclavos y de condenados por los más diferentes delitos, campos de concentración, almacén de trayectorias rotas, de lamentos, de pobre humanidad maloliente donde no dejarían de ser frecuentes los desplantes. Y siempre, como horizonte circular, las montañas, obsesión vigilante de los legionarios hostigados por guerrilleros. En realidad, todo esto sería un campo militar, en donde, pocos refinamientos habría de tener el modo de vida. Del oro se beneficiaba directamente el Estado y tan grande es la importancia que tiene que de ello se ocupaban administradores especiales, (procuratores metallorum) que se integraban en la burocracia de libertos de la Casa Imperial. Además del oro, el Imperio se beneficiaba de las explotaciones de cobre, hierro, plata, plomo y cinabrio. Muy distinto a este mezquino modo de vida, sería el de la retaguardia con las espaldas amparadas por la mar siempre propicia. Salidas al mar, medio fácil de acceso y evasión. Una de las poblaciones más importantes con abundantes restos romanos es Gijón, (la antigua Noega) destacando las termas, restos de una industria de salazón, mosaicos, tales como Veranes. También se sitúan las famosas Aras Sestianas, que no se han encontrado.

 Las raíces son importantes, pero necesitan el abono de la civilización para dar algo más que maleza. Después de Roma fuimos todos más uno, el enemigo común unió lo que parecía imposible de juntar, albiones, paesicos, cilúrnigos, luggones..., collacios todos. Un solo pueblo que descendió al llano para salvar su derecho a ser diferente. Octavio Augusto quería abrir un templo y también deseaba que los suyos le aclamaran por derramar por fin una sangre no romana. Precisaba de un triunfo para afianzarse en su Principado. El semidiós de Primaporta, viajaría en persona a someter a unos montañeses matrilineales y monógamos que atacaban a las sorprendidas legiones. La litera del emperador conoció los embarrados caminos del Norte, y su persona los males augurios del nuberu, que fulminó con un rayo a uno de sus escoltas. Y entre el miedo y las fiebres añoró las calzadas itálicas, los cuidados de su médico griego, la seguridad de su propia cama. Volvió a Tarraco tras ordenar a Cariso que no le temblara el pulso, un pulso que duraría diez largos años, hasta que Agripa, el más laureado general de Roma, arrasara el país y se hiciera por fin el silencio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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