"Bajo las faldas de esta colina vivía un
pueblo de gentes pacíficas. Su druida era el sabio y venerable mentor de
los asuntos del cuerpo y del espíritu y adoraba a la Diosa Blanca con la
que se comunicaba en la noche cuando ella quería. Llegado el momento ésta
asomaba su bello rostro, de gesto sonriente o severo según las cosas iban
de una u otra manera, por entre los inmensos velos de nubes que la
ocultaban.
El
druida, por la naturaleza de su oficio, era el conocedor de los secretos
del bosque, de las propiedades de sus árboles y arbustos, de los hongos y
las hierbas, pero también sabía de sus peligros, de las amenazas que
podrían causar desgracia a su pueblo. En una de sus caminatas por la
espesura descubrió un día, entre abedules, tojos y brezos, subido en
una colina a la que llegaba apagado el ruido de la mar y que sobrevolaban
las aves, el gran monolito, y su espíritu se sobresaltó. Las tinieblas de
la noche no estaban lejos, pero de inmediato, la Diosa Blanca dejó ver
su bello rostro, haciendo a un lado la gaseosa masa oscura de la nube que
la ocultaba y sonrió al druida. La señal estaba dada: esta sería desde
ahora la cabeza que guiaría al pueblo como delegación de la Diosa. Junto a
Ella, la tribu celebraría desde entonces sus fiestas, en las que abundaban
licores espesos cargados de poderes mágicos, de curación o de
reafirmación de cualidades, y donde enterrarían a sus muertos en túmulos
funerarios, repartidos según una compleja distribución por categorías
sociales.
Encaramado en lo más alto, el vigía controlaba el paso
de los cérvidos migradores, los propios rebaños pastando en claros y
laderas, las columnas de humo de los fuegos de otras tribus o los
incendios forestales. Un día, después de muchas generaciones, alguno de sus
descendientes habría de ver unas extrañas naves surcando la mar. La
fascinación por lo que veía no habría de evitar, sin saberlo, el
desasosiego de su espíritu, que ya adivinaba el final de toda una cultura
milenaria bajo la fuerza colosal de un Imperio".
Si los
enigmas son capaces de alimentar nuestra curiosidad, porque no empezar por
el nombre, ¿Peña Tu... ? Peña Santa, Peña Blanca... Peña Tu, no tiene ni de lejos las dimensiones de las consideradas Peñas,
por tanto bien se puede suponer que más bien se trate de un peñasco o
"peñatu". Por la zona, denominan al ídolo como "Cabeza del Gentil", mucho
más apropiado y sugerente este otro nombre.
Peña Tu, es un
enorme ídolo de piedra arenisca, situado entre Puertas y Vidiago,
estando datado alrededor de 1.500 a.C. Presenta en una de sus cavidades un
dibujo de 1,30m. de altura y unos 4m. de longitud. La figura central
parece estar vestida con una larga túnica de ceremonia, junto a él, siete
figuras que parecen estar en posición de danza o procesión, estando una de
ellas mas separada del resto con un bastón o báculo. Al lado del ídolo ...
un puñal?. En su entorno se han descubierto gran cantidad de túmulos. ¿Y
que es un túmulo? A primera vista un enterramiento, aunque un tanto
desproporcionado, pues para su construcción exige no poco esfuerzo, lo que
no debía ser fácil en aquellos tiempos en que fueron levantados (entre
cuatro y cinco mil años). Por tanto si se trata de una tumba debe ser de
alguien muy especial. También podemos pensar que hay más posibilidades,
que además de ser una tumba cumpla más funciones. Incluso, por que no; que
cumpla otras funciones, aunque también contenga un enterramiento.
El territorio para un hombre
primitivo, lo era todo, de conocerlo y jalonarlo dependía su
supervivencia, su defensa, la frontera entre la paz y la guerra. Cuando
estés junto a un gran dolmen o túmulo, en día despejado, mira a tu
alrededor, y busca la montaña sagrada a la que, tal vez, rinda culto. Casi
siempre la encontrarás.
Es
posible un ejercicio de imaginación, y así, nos encontramos con la danza más
ancestral de nuestra tierra, el "Corri-Corri". La
representación es bien similar a la descrita en Peña Tu. La imaginación de
cada cual, nos habrá de dar la respuesta apropiada, pues otra no
existe.
Esta
alargada loma, en la que únicamente emerge este magnifico accidente
geológico, como una burla desmedida para escépticos y racionalistas, es
sin duda, muy diferente a la de los tiempos en que aquel hombre se topó
con el monolito.
Probablemente aquí, los árboles serían magníficos,
tapando buena parte del panorama que hacia el sur sería selvático, y
hacia el norte cenagoso. Ahora, al menos empiezan a desarrollarse
ejemplares jóvenes de roble, abedul y castaño, alrededor de este Ídolo, tan
singular, como temido a lo largo de los siglos.
En
consecuencia con el cambio de épocas, y según el proceso marcado con el
paso del tiempo para las cosas sujetas a la concepción del hombre, aquel
ídolo, tótem, divinidad del humano, pasó a convertirse para nosotros, en
Monumento Nacional, la inimaginable Administración en aquel pasado remoto
es hoy el druida que vela por su tribu.
Tal
vez salimos perdiendo.