Hace de esto muchos años, y aún
se puede decir que muchos siglos... El tiempo en que sucedieron las cosas
de leyenda... Y parece una lámina de bronce, que guarda perpetuamente
retenidos algunos rayos de luna. En este tiempo, cuando llegaba un señor
obispo a un monasterio de padres religiosos, a veces preguntábale al abad:
-Señor abad, ¿Hay que ordenar a alguien...?. Y a veces el abad le
respondía: -Sí, señor obispo, sí... Hay que ordenar un jefe de escritorio.
Y presentábase un monje con los brazos cruzados sobre el pecho e inclinada
sobre el pecho la cabeza... Y el señor obispo le entregaba un anillo y le
ordenaba con estas palabras: -Sé custodio de los libros y jefe de los
copistas... Y enseguida el ordenado le besaba un pie. Entonces, tener un
libro era como tener una fortuna. Por un volumen de las Homilías de
Haimont d´Arberstads, dio un señor conde, doscientas ovejas con sus
doscientos vellones, un mogo de trigo de la clase mejor, otro de mijo y
tres pieles de marta. En muchos de los grandes monasterios, entonces
había un salón que se llamaba "El
Escritorio", y
en él, se reunían muchos monjes a quienes la religión planteaba este
dilema: -Quien no rasgue la tierra con el arado, pinte la página con el
dedo... En los escritorios unos monjes escribían y otros iluminaban los
volúmenes. Y entre ellos, paseaba el señor jefe ordenado por el
señor obispo. Y en tanto, los otros monjes del monasterio cultivaban la
tierra y convertían los pantanos en jardines. Y en este tiempo en que
sucedían las cosas de leyenda, a cada paso bajaban los ángeles a trabajar
al lado de los monjes.
Y sucedió que San Millán, que era pastor, dejó un día el
rebaño en la campiña y fue a enterarse de las cosas de Dios. Súpolas, y le
hechizaron; meditólas, y llenáronle de gozo. Y para vivir en ellas como en
éxtasis metióse en el lugar de la Cogolla, que era ostal de culebras e
serpientes. Y en cuanto San Millán apareció y echó sobre el ostal sus
bendiciones, las culebras e serpientes arrastraron el silbo y las escamas
y marcháronse de allí... Y el valle era matorral, y en cuanto San Millán
apareció, los zarzales llenáronse de rosas...
Llevaba millones
de años vagando a velocidad de vértigo por el espacio a merced de las
fuerzas gravitatorias de astros y planetas, acompañada apenas por esa
ligera radiación de fondo generada en el comienzo del Universo. Un día se
acercó a nuestro mundo demasiado y quedó atrapada. Aquella gigantesca roca
consumió en el trayecto la mayoría de su masa, pero una parte de ella
llegó a tierra fulminando un roble poderoso que crecía solitario y
abriendo un pequeño cráter de algunos metros de diámetro. Y, sin embargo,
este fenómeno habría pasado tan desapercibido como uno más de los innumerables que ocurrieron a
lo largo de la vida de nuestro mundo, de no ser, porque unos curiosos
personajes presenciaron deslumbrados el espectáculo. La carambola
galáctica había funcionado. El sol se había puesto, y los astros del
firmamento comenzaban a mostrarse allí donde algunas nubes blancas y
algodonosas no los ocultaban. Viendo en aquel fabulosos fenómeno una señal
divina, los curiosos personajes hincaron en el suelo la rodilla izquierda,
orando después en voz alta. Vieron en todo aquello señales de divinidad,
mas no de ángeles y arcángeles, sino de la misteriosa fuerza de los dioses.
Vieron unos cómo la Diosa Blanca había derramado una lágrima y se
estremecieron:
presagio
de que se avecinaban días terribles para sus pueblos. Vieron otros al sagrado roble roto por una fuerza misteriosa, el
dios-roble, el del trueno y de la lluvia, y sintieron pavor en sus
corazones, y vieron los de más allá, señal inequívoca de la guerra y
destrucción implacable de una cultura. Cuando cesó el temblor de sus
propias piernas y de sus cuerpos mientras creían que quien se movía era el
suelo, se acercaron al lugar. Alguna pequeña llama lamía la corteza del
roble caído, mas su madera verde y aún viva se negaba a arder. Todos
comprobaron maravillados el milagro. Entre las inmensas ramas caídas,
retorcidas y astilladas por su propio peso, habíanse aliado dos de
parecido grosor para dar forma a lo que de inmediato fue considerado como
la manifestación del símbolo de su creado, el Lignun Crucis. Y aquella cruz de madera de
roble tallada por la propia mano de Dios, le fue entregada a Pelayo. Y
ocurrió que D. Pelayo tuvo sed... Y recorrió las cumbres sin hallar un
manantial... Entonces puso el pensamiento en Dios, desenvainó su espada,
la levantó, dijo así: -¡Señor, misericordia...! Dio con la espada en el
suelo... Abrióse una hendidura. Y cuando ya iba a desfallecer de sed, D.
Pelayo vio saltar un chorro de agua y esta fuente la llamamos la "Fuente
Santa de la Cuchillada". Y cuando iba D. Pelayo hacia la cueva, espoleó su
caballo... El caballo emprendió un trote... De pronto resbaló sobre un
cantal... Y en el cantal marcóse su herradura... Se le llama todavía "La
Peña del Esbarrión".
Los mitos están en
continua evolución, adaptación y manipulación. Mucho antes del
cristianismo, ya Cuadonga era un lugar sagrado compartido por ástures y
cántabros. La zona fronteriza entre cántabros y astures en donde tuvo
lugar la mítica batalla contra el Islam en el 722, parece que nunca fue
controlada por los visigodos y, en realidad, el encuentro armado da la
impresión de una conducta revolucionaria a cualquier forma de dominio que continúa prácticas muy anteriores
a la llegada de los musulmanes. Así, el deseo de "reconquistar"
territorios que nunca se habían poseído ha de ponerse muy en duda, y de la
visión de la batalla de Covadonga como la "cuna de la reconquista" no
puede comprenderse sino como un
producto ideológico de épocas muy
posteriores, y que cristalizaría en los ambientes goticistas de la corte
de Alfonso III. Los documentos escritos de esta época, no conservan el
original, siendo la copia trasladada al Libro de los testamentos, redactado en la primera
mitad del siglo XII, con abundantísimas falsificaciones. En el actual
territorio asturiano, la posibilidad de rectificaciones en la
interpretación de esta fase histórica, habrá de vincularse en un futuro
que pueda proporcionar investigaciones verdaderamente independientes de
poderes eclesiásticos o monárquicos, ingenuamente ligados tradicionalmente
con estos acontecimientos.
Afortunadamente,
Covadonga, es mucho más que crónicas y cronicónes. Covadonga es la
geografía asturiana en todas sus formas. Es compendio de su naturaleza con
todos sus elementos. Es mosaico que concentra el paisaje asturiano en toda
su belleza. Valle tallado por ríos y glaciares, monte que abriga y acuna,
protege y a veces sepulta, caliza de gris azulado, que asciende a fundirse
en el cielo, o rasga sus entrañas en escarpadas cortaduras, bosque
ancestral de árboles centenarios, agua que por todas partes bulle en
alborotado torrente que se precipita hacia el cercano Cantábrico. Así, es
fácil acercarse a Covadonga con la mente del peregrino creyente. Es la mente
del milagro total. También la mente del no creyente ve reflejada la
imagen de la Xana, que en estos manantiales dicen de su
presencia y, ye pequeñina y galana...
"La Virxen de Cuadonga ye
pequeñina y galana y aunque baxara del Cielu nun hai pintor que la pintara
ye la flor de les muyeres y de les Xanes".
Es fácil acercarse con la
mente del que aprecia la obra de piedra labrada por el ser humano, pero
también el monumento de la naturaleza es inigualable. Covadonga es
superior a cualquier mente. Covadonga es monumento para
todos.