Castros


 

 "Dentro del dilema en toda aproximación al conocimiento, cabe recordar aquella máxima que afirma que los árboles más altos y esbeltos son los que no dan fruto. Con su orgullosa copa hincando el cielo, no entregan ni su hoja perenne al suelo para fertilizarlo, ni se cosechan ni se desnudan, luciendo a todas horas su presuntuoso traje vegetal".

 Hace ya tiempo que los castros vienen siendo incluidos, en la fórmula magistral sintetizadora de las esencias históricas de Asturias. Suelen estar asentados por ello más en el mundo de los sentimientos, de la mitología, que en la solidez del conocimiento sosegado. Castros imaginarios e inhabitables para los humanos, pero en cuyas cercanías envueltas en verdor podía uno toparse con alguna bella princesa mora o, con más frecuencia, con una xana hilando madejas de oro con su rueca de marfil. Algunas, como la del peñón de Brégola, que fue obsequiosa con los pastores de aquellas soledades. "¿Queréis riqueza?", les preguntó la ninfa quirosana, para seguidamente lanzarles un pote lleno de oro. Todavía había más y así les recitó: "Entre castros y castrinas / hay una espinerina / con cien monedas de oro / y otras cien de plata fina."

 Los castros son poblados, con las necesidades y el crecimiento se han fortificando rodeados de fosos, adaptados a la orografía, aprovechando barrancos y cortados para una mejor defensa. Comienzan a construirse hacia el Bronce Final y Edad del Hierro, perviven durante la dominación romana, y son utilizados en la Edad Media y aún hoy en día se utilizan construcciones castreñas en la alta montaña. Entre los territorios de la antigua ástura, el norte de Portugal y Galicia, se han localizado en un numero de cinco mil los castros, a estos hay que añadir los que faltarán por localizar, más los que se destruyeron. Esto puede dar una idea de la importante población en esta época. La singularidad que en las tierras cántabras o vascas, no se de el caso de estos hallazgos, se debe a que los clanes que formaban estas tribus eran más trashumantes, ya que su ocupación era más ganadera, por tanto, los asentamientos serían construidos con materiales más perecederos.
 Estas defensas, se usaban para proteger al ganado y a los pobladores en las trifulcas locales debidas a la posesión de tierras o animales. Desde los castros existe un control visual de las tierras de cultivo y pastos correspondientes a cada poblado. Aunque sus características constructivas son semejantes, su situación es en cambio variable. Los hay ubicados en plena montaña, en altura superior a los mil metros, otros se construyen en los valles a orillas de corrientes fluviales y los hay, también, emplazados en la costa. En lo que conocemos como la actual Asturias, su número pasa de los trescientos catalogados. En los castros siempre existió un comercio entre los de la costa y el interior, haría este comercio tender estos castros hacia la especialización al centrarse en una determinada rama productiva una vez solucionado el problema de la propia subsistencia. La localización se presenta a través de sus relieves topográficos de forma cónica aplastada, con remate blando de línea, porque las construcciones generalmente se adaptan a los perfiles del terreno en que se plantean estos poblados, fundiéndose con la tierra y asumiendo un gran sentido de la funcionalidad y, al propio tiempo, de la estética, ya que sus volúmenes se acoplan al paisaje, incrustándose en él sin la vanidad de gallear ostensiblemente sus modestas instalaciones. Este tipo de vivienda se adapta a los desniveles del terreno, sufriendo variación las alturas de sus muros conforme se articula la pendiente. Con este acoplamiento y su poderoso techo cónico de paja en capas recortadas y superpuestas, parecen gigantescas lapas agarradas al monte. El fuego, dominado y reducido en su misión doméstica, tiene su lugar en la casa. No había chimenea, las condiciones climáticas y los temporales explican estas costumbres y esta adaptación a ras de tierra aprovechando hasta el máximo el fuego beneficioso. El humo tiene para el hombre aferrado a las condiciones de vida que depara una áspera Naturaleza, poderes extraordinarios, porque las distintas partes de su vivienda eran impregnadas por el humo ensamblándolas mejor, conserva sus provisiones y, además mantenía alejados a los parásitos. Por eso no había chimenea.

 Los castros modificarán definitivamente la fisonomía humana de la Asturias primitiva, echando las bases de lo que será el modo de poblamiento histórico. Estas culturas campesinas de pueblos fortificados responden a nuevas condiciones sociales instituyendo los principios de una propiedad territorial coherentes con las explotaciones ganaderas, marineras, mineras... y, ese enriquecimiento comercial, que provoca la aparición de la rica orfebrería castreña. La influencia de los diversos factores económicos y religiosos determinan que ya no solo el cobre y el
bronce, también, del uso del oro, brotara un variado repertorio de joyas, desde los llamados amuletos y piezas pectorales, las diademas y los torques o collares rígidos, hasta piezas menores como los pendientes, broches o cadenillas. La fusión entre las técnicas orfebristicas de la Edad del Bronce Atlántico, y las técnicas y gustos llegados a través de los fenicios del Suroeste Ibérico, proporcionaron en las poblaciones castreñas un renovado esfuerzo en la creación de artesanías.

 

 

 

 

 

 

 

 

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