El fenómeno conservacionista en el que nos
encontramos actualmente, tiene su origen en la respuesta a los
abusos de las técnicas productivas a gran escala, con unos objetivos
simplistas en términos monetarios y a muy corto plazo. El asturcón, la
vaca roxa, la oveya xalda, la cabra bermeya, la pita pinta, el
perru mastín..., son razas muy resistentes, nobles y plenamente
identificadas como propias. Suponen el soporte de la vida doméstica asturiana a lo largo de los siglos, y la base de la
dieta (carne, leche y derivados) y materia imprescindible del vestir
(lana, pieles). Fueron, y son, el verdadero corazón del ser de
Asturias.
Durante los siglos VII y VI aC. se
consolida en Asturias la sociedad castreña, de esta época hay datos
más que suficientes que prueban el adiestramiento y empleo del caballo.
Trabajos novedosos, apareciendo como emblema de jerarquización, como
atributo de poder. El caballo fue el motor de expansión de los
Celtas por Europa, llegando este pueblo a darle un papel importante
en su mitología: la veneración de Epona, diosa de la fertilidad, comenzó
seguramente como culto a una divinidad equina. La figura ecuestre aparece
con frecuencia en monedas y estelas funerarias, lo que afirma su gran
valor en el universo mental de los Celtas. La raza caballar que tenían
estos pueblos en la época de sus invasiones es conocida sobradamente a través de restos arqueológicos tanto de
las Islas Británicas como del Continente. La descripción del "poni Celta"
es: "Carencia de espejuelos en los miembros posteriores, cabeza pequeña,
ligeramente achatada, oreja corta, grupa caída, pelo largo y abundante en
todo el cuerpo, crines de la frente y del cuello largas, abundantes y
crespas. De pequeña alzada."
En las guerras contra Roma, los ástures y sus
asturcones entran por derecho propio en la Historia, oponiendo la más
brava de las resistencias al Imperio. Terminada la conquista, Roma
alistará una buena cantidad de ástures integrándolos en su ejército,
siendo varias las "alas" de caballería formadas por estos guerreros.
Mercenarios ástures aparecen en muchas de las fronteras imperiales.
La caballería romana no estaba formada por jinetes formados en Roma, ni
montaban caballos "romanos". Aunque algunos ciudadanos romanos eran
jinetes, lo cual refleja un rango muy elevado en su escala social, la
mayor parte de la caballería estaba compuesta por jinetes provenientes de
territorios conquistados que cabalgaban sus propias razas de caballos, y
que además poseían particulares maniobras y ejercicios, más tarde
asimilados por los romanos como propios, en este caso el "circulus" y el
"ímpetus" cantábricos.
El nombre "Asturcón", viene de la palabra CON, que
significa roca y Astur, siendo por tanto, el caballo asturiano de las
montañas. Las invasiones de los pueblos germánicos (visigodos y suevos) no
ejercieron influencia alguna sobre los caballos en Asturias, ya que estas
campañas las hicieron con gran escasez de caballería.
Durante la Monarquía Asturiana, los documentos
hablan de la importancia del asturcón, bien por necesidades de los grandes
señores para equipar sus ejércitos, bien en donaciones a la Iglesia,
bien como pago de los campesinos asturianos a los gravosos impuestos a que
se veían sometidos por los señores feudales. Durante el siglo XII, la
mayoría de los animales que se criaban en los pastos de montaña
figuraban como propiedad de la Iglesia, la cual contaba con "vakeros" y
"eguarizos", encargados del cuidado de las yeguadas. En la Edad Media la
fama del asturcón es grande en toda Europa por su paso
portante. A raíz de la definitiva expulsión de
los árabes de España a finales del siglo XV y la consiguiente
unidad de los reinos autóctonos, hasta entonces independientes, comienza
la centralización de decisiones que la burocracia organizada se
encarga de imponer hasta en el más apartado rincón de la Península.
Así el 7 de junio de 1562 una Orden Real fechada en Valladolid, por aquel
entonces sede del centralizado Estado, acuerda para su imposición en toda
Asturias: "Lo que parece a los señores diputados sobre los caballos y
yeguas que se tengan cuidado que los potros de año arriba se capen y
trayan rocines de marca con yeguas a vista de justicia y
requerimiento de los concejos porque si tres o cuatro años se tiene
cuidado luego se acabarán los de marca mejor." Gracias al sistema de
crianza en manadas semisalvajes por las montañas, así como el clima,
estas disposiciones no tuvieron éxito alguno, a pesar de la repetición
continuada de éstas o parecidas ordenanzas en siglos
sucesivos. Finalizada la contienda civil, aún se mantienen las
manadas. Será entonces, cuando la inimaginable administración
centralizadora adopta otra medida que apunto está de acabar con esta raza.
La nefasta política de plantaciones forestales con especies foráneas.
Y nace la Forestal, cuya principal misión es propiciar madera para
las celulosas. En el monte estorba quien siempre lo limpió, trabajó... ¿Y EL MONTE SE QUEMA...?.
Hoy afortunadamente de
nuevo es posible asistir a este relato del siglo
XIX: "Concurren en el verano a pastar en este puerto los
ganados vacuno, caballar, lanar y cabrío de las poblaciones vecinas. En él
se multiplica la raza de caballos conocida vulgarmente con el nombre de
Sueve. Por lo común son de poca talla, pues generalmente no pasa de
seis cuartas y pulgada; y los que llegan a seis y media adquieren
mucha estimación dentro de la provincia, donde son bien conocidas sus
propiedades. Son de bastante buena figura, vivacísimos, trepadores,
fuertes como rocas y se prestan bien a la enseñanza. Estas yeguas jamás
bajan a las poblaciones con los demás caballos y yeguas que concurren a
este puerto, a quienes sus dueños recogen en los meses más rigurosos del
invierno, allí se albergan en las concavidades que forman los peñascos y
se alimentan de los pastos que no cubrió la nieve, preservando a sus
hijuelos con particular instinto de la voracidad del atrevido lobo.
Acometidas de aquella fiera, y apenas barruntan señales de su
aproximación, las yeguas más inmediatas lo indican a las más distantes con
relinchos continuados: unas y otras recogiendo con presteza sus potricos,
se dirigen adonde se advierte el peligro, preparándose para el combate.
Forman un círculo perfecto, en cuyo centro depositan y resguardan a los
pequeñuelos, estrechándose lo necesario para que el enemigo no pueda
penetrar los claros."
Según va llegando el otoño, los verdes
helechales del verano cambian de color, tornándose rojizos. Aparecen las
primeras heladas y comienza a crecerles el pelo que les protegerá del
frío. Es en este tiempo cuando se produce una de las tareas más
importantes: el marcado. Durante el invierno los asturcones presentan un
aspecto muy distinto al del verano. La larga pelambre, tan característica
de la raza, les proporciona un buen abrigo. El frío, el hielo y la nieve,
así como el hambre, hacen de esta estación la peor del año. Apenas
comienza a nevar y el blanco manto cubre las laderas del monte, los
asturcones escarban buscando los brezos. Pero en ocasiones, cuando hay
grandes nevadas con heladas en superficie que impiden el deshielo, se ven
impedidos para encontrar vegetación alguna, encontrándose aislados durante
días sin posibilidad alguna de alimentarse, es entonces cuando, para
engañar el estómago se comen entre ellos las crines y las
cerdas de la cola, hecho éste que forma parte de la leyenda de nuestros
ponis.
Gracias al esfuerzo de
pequeños ganaderos, de asociaciones, de iniciativas privadas..., podemos gozar de la visión
en nuestros montes de ponis asturcones, vacunos como la carreñana o la
casina, la oveya xalda, la cabra bermeya,... tal como nos la dejó la
herencia céltica.